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Las letras y las matemáticas pueden mezclarse de tal forma que no se distinga qué corta a qué. Yo me he decidido por poner esto en letras.

Era una deliciosa tarde de otoño, y los efectos gloriosos del extravío cromático se empezaban a insinuar en la atmósfera, mientras la tierra giraba alejándose del gran luminar del oeste, cuando dos líneas pudieron ser vistas encaminando su trazo tedioso a lo largo de superficies planas. La mayor de las dos parecía haber aprendido, por un ejercicio prolongado, el arte, tan penoso para alguien joven e impulsivo, de permanecer a igual distancia de ambos extremos; pero la más joven, con la impetuosidad propia de su edad temprana, estaba siempre deseando divergir y transformarse en hipérbole o en alguna igualmente romántica e iluminada curva. Habían vivido y amado mucho: el destino y las superficies interyacentes las habían mantenido hasta ahora separadas, pero esta situación estaba ahora por concluir: una línea las había intersecado, haciendo que los dos ángulos interiores fueran menores que dos ángulos rectos. Fue un instante que nunca olvidarían y, mientras continuaban su recorrido, un susurro retembló a lo largo de las superficies en ondas isócromas de sonido. “¡Oh, sí, a la larga tendremos que encontrarnos si continuamente generadas!”

Charles L. Dodgson (Lewis Carroll). Dinámica de una partícula. 1865.

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